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martes, 21 de enero de 2014

Carta a quien pueda entenderlo

Me das miedo.
No puedo negarlo: Miedo. Como quien se adentra en un túnel oscuro sin ver la salida al fondo. Sin saber si llegará a buen puerto o morirá en el intento. Solo.

Miedo. Esa es la emoción básica que me fermentas; te metes en mis entrañas y desde dentro me haces sentirme histérica. Sin confianza, sin ilusión. Como diría Martin Seligman es el fenómeno de la indefensión aprendida la que hace que sienta ausencia de control. Eso es lo que nos regalas con una falsa sonrisa. Porque muchas veces ganas. Y nace la sombra de la frustración.

Miedo. Miedo a mirar atrás y no parecer la misma. Miedo a que mis ilusiones se quedasen en el arcén y las borraran el asfalto y la arcilla, miedo a que el camino haya hecho mella en mis pies.  Miedo a no reconocer en mis ojos el brillo de la niñez, de la inocencia y de la pasión por la vida. Miedo a mirarme al espejo y contemplar a alguien que mira sin saber ver.

Miedo. A mirar al futuro  y no verme. A que en mi corazón no haya hueco para más cicatrices, que mi alma ya se haya desquebrajado y cual Dorian Grey mi retrato muestre el paso de los años. Y de la oscuridad interior. Miedo a perder mi esencia. A perder mi verdadero yo.

Miedo, porque eres mi compañera, que no mi amiga. Eres quien camina en mi día a día. Quien a veces me quita tanto y me hace quedar en tablas en mitad de la partida. El foco de penumbra que me oculta el sol. Pero eres no obstante quien me hace ser yo, quien me ha hecho aprender a resistir con valentía.  

Miedo porque eres mi compañera, que no mi amiga.  Y no puedo permitirte que te adueñes de mi corazón. Pero no sé tampoco si te quiero lejos del todo. Porque por ti he sabido percibir las cosas con otro color. Saborear los instantes.  Tener por bandera al amor. Buscar lo grande en lo pequeño…  Aprender a encontrar en el crepúsculo, la ilusión.

Y  no sé cuánto me darás de tregua. Y me da miedo. Mucho miedo. Pero me resisto a ello y te aparto y sigo, y lucho por mis sueños.  Por lo que busca mi inquietud y necesitan mis anhelos. Que si algo me has enseñado es el aquí, el ahora, el no desperdiciar ni un segundo de la vida, no tirar a la basura ningún momento. Porque he aprendido a vivir como si mañana estuviéramos muertos. O como si fuésemos eternos.

Que no quiero tenerte miedo.  Serás siempre mi compañera, aunque no mi amiga, pero vivirás conmigo mis altibajos. Por ti caeré y tocaré fondo, pero por ti saborearé íntegro el momento más álgido de felicidad.  Y se mezclarán en mi vida las lágrimas y las sonrisas. Las alegrías y los lamentos.  Y no me da miedo porque he aprendido a vivir con eso.

Sólo dime que no me detendrás demasiado pronto. Que dejarás que siga siendo yo.
Aunque no te vayas demasiado lejos.


Chica Salada

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