Dicen, que una estación rebosa
magia,
y yo te encontré en aquel andén
con atisbos de luz que dejaban
entrever
los misterios entre sus raíles.
Ahí estabas tú, con la sonrisa
de un niño
que aún no ha terminado de
crecer,
inmerso lo que suponía un nuevo viaje.
Llegaste con la frescura
brillando en las pestañas,
la ilusión saltando en las
pupilas
y las manos hacia la espalda
para no rozar aquello
que pudiera dañarlas.
Como quien ha acumulado
tantos kilómetros de
frustraciones
que su tren no admite ya otra
retirada.
Me senté a tu lado,
creyendo que el viaje no sería
largo,
pensando que la magia
era sólo un cuento chino
y ya no quedaban trucos para mí.
He vivido demasiado y mi tren
está cargado
de caminos hacia ningún lugar.
A ambos nos sobraba equipaje.
Habíamos blindado el corazón
pero aún destilábamos ternura en
la piel.
Nuestros agujeros en las corazas
se entendieron demasiado. Y
estaba bien.
Nadie nos había avisado
de que íbamos sentados
rozando unas manos
que habían tejido las mismas
dudas.
Que habían albergado los mismos
sueños.
Tan diferentes, tan iguales en
el trayecto.
Y estaba bien.
Mirábamos por la ventana
y saboreábamos la luz del sol,
dejándonos seducir por la idea
de que otro mundo es posible,
quizá.
Otro escenario, con unos dedos
que encajen con nuestros miedos,
con unas miradas que comprendan
sin necesidad de ver.
Una sonrisa que sea capaz
de rompernos por dentro
y encajar, de nuevo, todas las
piezas.
Después de muchos tropiezos,
me sentía como en casa.
Y sé que no quiero
bajarme del tren.
Chica_Salada
Sofía Reguillos
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